viernes, 2 de mayo de 2014

Sosiego.

Una acogedora habitación de tonos pastel y pastas de té esperándote en una pequeña mesa redonda con un tapete florecido, a juego con la sensación primaveral de la pequeña habitación. Dos solitarias sillas esperando inquilinos, tal vez tú y yo.

En un rincón se descubre un antiguo vinilo con una leve capa de polvo, en la que suena nuestra melodía. El aroma del té inunda la estancia, y todo parece evocar el sencillo aroma de la felicidad.

Las paredes están repletas de recuerdos, de fotografías en blanco y negro que esconden sentimientos, emociones, ilusiones -tal vez ya cumplidas- y transparentan el alma de esas personas, que una vez pasaron sus mejores momentos en esta habitación que ahora es mi refugio. Puede que todo sea producto del agrietado cartón de las fotografías, o de la falta de color, que hace que todo parezca más bonito.


El sol entra a borbotones por las anticuadas ventanas de madera, reflejándose en la tapa del piano que descansa a un lado de la puerta. Me acerqué, quité el polvo que lo cubría, y mis dedos empezaron a deslizarse por sus teclas con una suavidad inusitada. Tranquilidad.

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