Una acogedora habitación de tonos pastel y pastas de té
esperándote en una pequeña mesa redonda con un tapete florecido, a juego con la
sensación primaveral de la pequeña habitación. Dos solitarias sillas esperando
inquilinos, tal vez tú y yo.
En un rincón se descubre un antiguo vinilo con una leve capa
de polvo, en la que suena nuestra melodía. El aroma del té inunda la estancia, y
todo parece evocar el sencillo aroma de la felicidad.
Las paredes están repletas de recuerdos, de fotografías en
blanco y negro que esconden sentimientos, emociones, ilusiones -tal vez ya cumplidas-
y transparentan el alma de esas personas, que una vez pasaron sus mejores
momentos en esta habitación que ahora es mi refugio. Puede que todo sea
producto del agrietado cartón de las fotografías, o de la falta de color, que
hace que todo parezca más bonito.
El sol entra a borbotones por las anticuadas ventanas de
madera, reflejándose en la tapa del piano que descansa a un lado de la puerta.
Me acerqué, quité el polvo que lo cubría, y mis dedos empezaron a deslizarse
por sus teclas con una suavidad inusitada. Tranquilidad.
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